Ganador del I Certamen de Relato Corto

“Camino de Bendición”

Porque todo en el Camino es vida

Santiago Redondo Vega

Habrán de comprender, quienes a estas líneas tengan la bondad de asomarse, que viene este relato a cuento, única y exclusivamente, de hacerles notar la devoción que por el cerdo –bendito animal a quien ya Noé acogió en su Arca- se tiene en esta tierra de Ibérica conciencia. A lo largo del extenso devenir de su Historia y de su Literatura ha quedado prueba amplia y fehaciente del amor a su apetecible gusto.

Y no le busquen coincidencias ni arrimos sustantivos con personas o personajes de su entorno o de la actual vida pública, que sólo el narrador sabrá –y a fe que desde su humildad les jura- que no los tuvo en pretensión alguna. Otra cosa será –y aquí no entro- que a ustedes mismos les suene o rememore condición o sustancia, que tanto amor al cerdo y a su don, acaba por contagiarse y contagiarnos.

Si en cuanto al nombre del reputado animal no quiso el diccionario sino vengarse de su gracia, atribuyéndole toda suerte de adjetivos de desdén, como condición de la desenvoltura de sus modales y de su entorno; cito -por citar algunos- los de maloliente, obsceno, guarro, puerco, cochino, marrano, desaseado, sucio, despreciable, deshonesto, cocho, gorrino, verde, impúdico, cuino, malqueda o indecente; en cuanto a despensa de nutrientes no pudo el hombre por menos que tomarle por amigo y tenerle por tan íntimo, que hasta es capaz de conservar sus ancas, o embutir sus magros, en el más aireado y noble reducto de sus estancias para sentirlo cerca y compartir sus cuitas.

Él, mamífero artiodáctilo conmovido y en pago, le devuelve al hombre la total literalidad de su persona, en una entrega de amor sin parangón, de hocico a rabo.

Pero no quiero diluirme aquí en vericuetos consabidos. Pedía yo comprensión para el relato, tres párrafos más arriba, y vengo ahora en solicitarles honores para el cerdo, paciencia para quienes se inicien en el camino a Santiago, como transposición metafórica de la vida misma, y condescendencia para este narrador, amigo y simpatizante de los avatares de tan milenaria sirga, que sólo entra aquí a transcribir, negro sobre blanco, lo que otro caminante le relató a su vez -no ha mucho- en un albergue de peregrinos, en horas de descanso y cháchara compartida, luego de componer buche y andorga, y antes de aposentar su veleidad corpórea en un indolente y austero camastro.

Pues bien, quiso San Juan de Ortega que fuera en su afamado albergue –templo y posada señera de peregrinos a Santiago- de cuya consabida hospitalidad no haré más hincapié por no cansarles, en dónde aquel santo varón pleno de andrajos, mediana edad, barba agreste y cana y uñas de inasequible luto -pero educado y sabio como pocos- le diera por contarme esta historia del Camino, que tuvo él por real y que yo -permítanme la suspicacia- todavía me colma de dudas y recelos.

Así me lo confió él y así yo, sin quitar punto ni coma, paso a detallárselo a ustedes. Y así fue como me comenzó diciendo:

Pararon de correr, maltrechos y acezantes, bastándoles el cruce de sus miradas exhaustas y sin resuello para que convinieran sentarse al pairo, en aquel amodorrado mojón austero y hacer un descanso de indefectible alivio. El lene sol de diciembre les perdonó el sudor de su atolondrada huída con un entreacto de brisa y nubarrones. Atardecía.

Allí sentados, el uno junto al otro, recuperado el espíritu y el gesto, bendijeron con un larguísimo trago aquel pellejo de tinto belicoso y se encomendaron –exangües y devotos- a una divina longaniza arrimada a una hogaza de pan bregado, todo ello por providencia de la Santísima Bondad del Hurto.

Como quiera que –camino del Burgo de Osma- ni la solidaridad de Calatañazor, ni de Blacos, ni de Torre de Blacos, ni de Valdealvillo tuvieran a bien donarles por voluntad aquéllas sustantivas viandas, se vieron en la obligación de tomarlas de prestado y al asalto –acuciados de la hambre y la sed de caminantes- del mostrador con mal genio de aquel orondo mesonero de Torralba, en quien parecía haberse vengado el Altísimo por concederle tan cortas como arqueadas piernas, y que luego pretendió remediar al hacerle acreedor de una endiablada puntería en todo lo concerniente a arrojar, con rabia y a la carrera, toda una lluvia de pedruscos sobre sus mondas cabezas, mientras les profería atroces blasfemias por su boca de enloquecido averno. Y a quien ya dos leguas y seis recodos de polvoriento camino, que habían creído perder de vista.

Reposaron un rato, allí frente al crucero del Santo, que aliviaba a los desainados peregrinos, tranquilizándoles conciencias, ampollas y juanetes, como haciéndoles notar que seguían transitando por un camino cierto en pos de la consecución de su pía promesa.

Sin embargo, tanto Benigno como Donatien, se sentían cualquier cosa menos peregrinos al uso, al menos en lo concerniente al propósito interior, ya que exteriormente sí portaban capa, zurrón, cayado con calabaza y sombrero con concha de vieira en el frontal. Pero más que vocación viajera, o promesa por alcanzar el anhelado Monte del Gozo, les traía andando, desde tan lejanos y diferentes rumbos, el huir de los avatares del infortunio. Tan sólo la amistad sobrevenida en compartirse penas, o el consuelo mutuo que les suponía la complementariedad de sus taras físicas llegó a unir sus desdichados sinos en torno a este Camino de Santiago como telón de fondo de su mala fortuna a la hora de escoger extracción de cuna, causa primera de sus desdichas, o camino curvo en menoscabo del recto, porque no todo es achacable al hado, aunque sí todo es redimible.

Cuando Donatien, rubio, alto, flaco, burdo y no mal parecido, atravesó Roncesvalles, abandonado su natal Gascuña para entrar en la Península, huyendo de líos de faldas y deudas con la justicia que le persiguió a uña de caballo hasta la misma frontera, ya era tuerto del ojo izquierdo, por mor de un lance de espada – según su socorrida excusa- o por pedrada de marido burlado –según rumor más creíble- porque nunca hubo forma de sonsacarle por completo el hecho; la cojera de la pierna del mismo lado fueron la nieve y el frío del Pirineo quienes se la cobraron como tributo por su desavituallado paso.

Benigno, moreno, bajo, orondo, picardeado y feo, era originario de Navarra y, pese a su cojera en la pierna derecha, ya crónica debido a la gota –incomprensible entonces para un aparente gañán pordiosero, pero que conservaba de su pasado de monje en las cocinas del Monasterio de Irache, hasta su arrepentimiento de la mística y su expulsión airada por no reprimir la gula- era ligero y agudo de mente y de ideas. Todo lo que le permitía la oscura perspectiva de su seco ojo derecho.

Dos texturas de perfil humano, dos consecuencias del inhóspito acontecer de estos tiempos que en medieval nos viven, dos tullidos, dos mitades de una misma desgracia. Así las cosas, no les fue difícil hacer amistad y compartir viaje de peregrinación, o huída, por el camino de las estrellas. Aquella similitud de taras físicas, aunque opuestas, pareció hacerles cómplices de apego y conmiseración mutua. Morir no es lo peor cuando se es objeto de befa y menoscabo; vivir es lo terrible. Y hasta el Santo Matamoros pudiera concederles –sin necesidad de ultimar su peregrinaje- la gracia del jubileo en los confines de su Finis Terrae, tal como interviniera -ya muerto, según narran las crónicas- en Clavijo, o en Calatañazor hace ahora dos siglos.

Desde que se coincidieron en Pamplona, el uno en obligado errante y el otro en sedentario culpo, hollando camino al Apóstol y huyéndose del mundo de sus propios instintos, convalecientes en un Hospital de peregrinos al cuidado de los Caballeros Hospitalarios, donde se reponían ambos de los rigores del veleidoso vivir austero, no volvieron a separarse jamás.

Y una vez dicho esto, para mejor conocimiento de sus personas, volvamos a lo nuestro. Íbamos por…, ¡ah, sí, ya recuerdo!:

Al abundante festín de vino, pan y longaniza, le sucedió el correspondiente sopor para dar con ambos en transposición de cielos, espalda con espalda, tornado el ojo sano de cada cual y estiradas sus patas cojas en hermandad de gozo.

Pero la providencia es desleal con quien no la santifica. Y, no habían comenzado sus sueños a endiosarse en hurís de carne y hueso, cuando un súbito trote de caballos difuminó sus musas. Se alzaron de un brinco, ágiles como cojos, y corrieron fuera del camino para inscribirse entre las zarzas y arbustos de la lindera, cobijados por las primeras sombras de anochecida. Eran los caballeros de Santiago que bien pudieran estar buscando a los amigos de lo ajeno que habían saqueado al mesonero.

Visto lo visto, el camino ya no era seguro para ellos, y se adentraron campo a través, por trochas y dehesas, andando paralelo a la sirga, para no perderla de vista (es un decir).

Sorprendidos por la noche, a caballo entre el lugar de Velasco y el Burgo de Osma, se atrevieron a picar la puerta de una casona en la que avistaron luz tras una ventana. Luego convencer, con ruegos y trapazas, al malencarado propietario que entreabrió la puerta con desgana, para que les permitiera hacer noche en sus muros, éste les envió al pajar, no sin muestras de recelo.

La finca debía ser grande, al menos con casona principal, pajar, pozo, cuadra, muladar, gallinero y cochiqueras. Todo esto eran apreciaciones de Benigno, que tuerto ya desde su luz primera, había agudizado tanto el sentido del oído y del olfato, que desde el uno y desde el otro había ya dibujado en su mente el plano aproximado del recinto.

Aún no se había desperezado el alba cuando los gruñidos de los cerdos y el alboroto en las porquerizas sobresaltaron a los dos peregrinos en su sueño de paja. Cosme, el granjero, Gúdula, su mujer, Raimundo, el hijo mayor, y sus dos hijas mellizas Casta y Porcia se movían, farol en mano, entre los guarros tratando de apartar al elegido para que San Martín bendijera su halo. Era tiempo de matanza.

Cosme, experto matarife, traía prendido por debajo de la mandíbula con su afilado gancho al cerdo escogido, mientras los demás le empujaban y sujetaban patas y rabo, hasta sacarle al corral donde les aguardaba un banco de madera, un cuchillo enorme y un barreño de arcilla con pan hecho torrijas. Al fondo, un montón de bálago y paja de centeno para chamuscar al animal después de muerto.

Sin necesidad de invitación expresa, Benigno y Donatien saltaron de su asombro y se sumaron voluntarios al acto, inmovilizando entre todos al animal. Con soga de esparto le ataron manos, patas y hocico, y a la de tres le subieron –no sin oposición y gran queja del cochino- de costado al banco. Así sujeto por todas las manos de la casa, le asestó Cosme una certera cuchillada a la altura de la yugular y rápidamente comenzó la sangre a tomar buena cuenta del barreño, primero a borbotones y luego en hilo y gota a gota hasta dejar desainado al gocho.

Muerto el animal, le circundaron con brazados de paja ardiendo hasta chamuscarle entero y quitarle las cerdas de la piel. Hecho lo cual, con agua hirviendo, cuchillos poco afilados y trozos de teja le rasparon la costra hasta dejarle limpio, primero de un costado y luego del otro.

Llegados a este punto, le abrió Cosme en canal para extraerle vísceras y órganos hasta vaciarle entero. Después, ya con el hacha, le separó los miembros para dar a cada uno los adecuados fines. Careta, paletillas, jamones, lomos, costillas para adobar, carne para picar y hacer chorizos, jijas, tocino, morcillas.

Tan compartimentado quedó el berraco, que no hubiera mortal, por paciencia que tuviera, capaz ya de recomponer su gracia.

Benigno y Donatien asistían alborozados, pero cautos, a la consagración de la abundancia. Gúdula, compasiva, viéndoles el brillo del único ojo que cada uno abría, no pudo por menos y les obsequió con una fritada de asadura sobre pan con unto a cada uno. Cosa que agradecieron sobremanera, tanto que hasta les pareció brillar el ojo mustio.

En tanto que Casta y Porcia reían entre ellas, con una mueca de vergüenza púber, mirando de reojo el desmedido apetito de los diezmados peregrinos. Para ser mellizas, Casta y Porcia eran, físicamente, tan dispares como la literalidad de sus nombres. Casta era rubia, blanca de tez, esbelta, prieta y hermosa. Porcia, por contra, era morena de cabello, piel cetrina, desbordada de carnes, cheposa y fea; sí, fea como ella sola. Tal parecía que no fueran hijas del mismo padre.

En faena como estaban, les sorprendió el mediodía y Gúdula preparó un guiso para todos a base patatas con costillas del reciente finado, invitando a los peregrinos a sumarse al banquete; a no ser que quisieran seguir ya mismo el Sacro Itinerario, les dijo. Pero ellos no pusieron objeción ni cuita, sino que se sumaron gustosos al convite, y más, que se ofrecieron a continuar ayudando de buen grado. Que hasta sus benditas manos fueran pocas para tan ardua faena, llegaron a decir. Y pasaron la tarde ayudando a preparar salazón y adobo, y a picar la carne para los chorizos y atusando la sangre y la componenda de arroz y especias de las morcillas, mientras las mujeres lavaban y daban vuelta las tripas para embutir los chorizos y morcillas que fueran menester.

Echándoseles la noche encima y animados por el ambiente, la comida, las mozas y el orujo, que iba y venía, y argumentando que mucha labor había esos días en aquella hacienda para tan pocas manos, Donatien y Benigno se apuntaron a seguir un día más a poner las suyas en aquel magro dispendio, que el camino como tal les podía esperar mañana, que allí iba a estar en el mismo lugar sin duda, y que Compostela era un itinerario de promesa y buenas obras, y que qué mejor buena obra que la de ayudar al necesitado. Y que querían pagar con su trabajo la caridad y gusto de tan buena cocinera.

Contenta Gúdula con el cumplido y risueñas Casta y Porcia, contrastaban con el gesto adusto de Cosme y Raimundo que no ocultaban su mosqueo. Más que nada, por las miradas cómplices que no cejaban de cruzarse entre los tuertos y, ambos a su vez, a las dos mozas.

Hubieron cenado jijas y tocino, regado con orujo aún abundante, y luego tornó cada mochuelo a hacer noche en su olivo. Donatien y Benigno, hombro con hombro, hasta la oscuridad de su pajar.

Sería una hora después de pegar ojo, que sintió Donatien una presencia cálida por su espalda y la caricia de una mano de hembra en salva sea la parte, junto con el siseo de una lengua en su oreja, desde una grácil voz que le susurraba, soy Casta, vuélvete y disfruta. Donatien no lo pensó dos veces, sumido aún en efluvios, se giró, se levantó la capa y el jubón y se puso a degustar de arriba abajo y viceversa. Como quiera que estaba vuelto del lado derecho, el de su ojo bueno, apoyado y oculto entre la paja, todo en él retozó de placer en silencio de oscuridad y gusto, hasta que ahíto le venció el sopor de la derrota.

Al cabo, fue Benigno quien, dormido hasta entonces por la copiosa cena y el alcohol, sintió tras de sí una voz femenina que le susurraba al oído ser Casta y le asía por detrás la verdad de su entrepierna, sugiriéndole darse la vuelta y abandonarse a la luz de los sentidos. También fue de Benigno la coincidencia de tenerse que girar sobre su ojo izquierdo, el único servible, y a pesar de encontrar el paladar de los sentidos, no lo hizo entre la luz, sino entre la negra noche de la paja y luego se durmió, como un bendito.

A las seis cantó el gallo y el alba sorprendió a los peregrinos con resaca, desnudos y confusos. Al mirarse, el uno al otro y hacia sí, se asustaron de verse de aquélla guisa y se habrían puesto en pie de un brinco de no haber precisado de las dos piernas sanas para el intento. Se recompusieron el hábito y callaron.

Embutiendo chorizos les avivó la mañana y así hasta el mediodía en que, sentados a la mesa, Porcia y Casta les miraban y sonreían; bueno, sonreír, sonreír, sonreía Casta, porque Porcia se desternillaba a carcajada limpia, plena del regocijo de una satisfacción, digamos que doble. Tanto que hasta sus padres se miraban extrañados porque esa desventurada hija, hasta hoy, jamás había dado muestra alguna de tan espontánea y sonora alegría.

Luego de comidos y despedidos con gracias a los dueños del caserío, reemprendieron los peregrinos el Camino del Santo. No sin estar Benigno convencido, por pícaro y taimado -más que Donatien que aún se dudaba- que quien con ellos había tenido coyunda hubiera sido la hija fea y no la guapa, que tanta satisfacción y risa en hembra de mala hechura, fuera por el engaño más que por el gusto.

Y así hubieron de llegar, a golpe de sandalia y de cayado, hasta El Burgo de Osma, San Esteban de Gormaz, Oradero, La Vid, y por Vadocondes continuar hasta Aranda de Duero y Valladolid. Que allí permanecieron tiempo asaz ubicados de duchos matarifes en tiempo de matanza, con todo lo que habían aprendido del cerdo y sus encantos, en divino y en humano, y comprendiendo que no existe mujer fea ni guapa cuando es la mente plena la que ama y no el ojo del tuerto la balanza. Y que donde las dan, las toman.

Lo que ya no supo el dómine contarme, es si aquellos dos burladores burlados llegaron a consumar la gracia del Apóstol consiguiendo abrazar la reliquia del Santo en Compostela. Yo pensara que sí, pues tanto les enseñó el camino, como quisieran ellos aprender y hasta llegar a sabios sin mucho que intentaran esmerarse.

Y dicho todo esto, pongo en ustedes las gracias por su atención, y en el mejor de los estados del hombre, que es ciertamente el Camino, torno a seguir andando y entro en el silencio y en la meditación de mi mismo.

Santiago Redondo Vega

Nace en Villalón de Campos (Valladolid) el 15 de Julio de 1958. A los cuatro años se traslada con sus padres a Palencia, donde recibe su educación primaria y secundaria y su llamada poética.Estudia Derecho en Valladolid, ciudad donde reside y trabaja.

De vocación poética temprana -escribió su primer poema a los doce años- escribe y colabora en revistas escolares en prosa y verso. Posteriormente colabora en "La Buhardilla" revista estudiantil y universitaria de Palencia, con otros jóvenes poetas escritores y caricaturistas.

Ya en la Facultad de Derecho escribe poesía de carga irónica y sarcástica que publica semanalmente en el tablón de anuncios de la Facultad de Derecho de Valladolid. con el pseudónimo de Socio 101; tenía veintidós años.

Desde ahí hasta hace apenas tres años, en que retoma el pulso poético. se ha mantenido vivo pero casi mudo. Ocupado en estudiar y trabajar - fiel reflejo de la realidad poética actual que no valora ni compensa la dedicación a este arte- arrincona la poesía porocupaciones más prosaicas pero que le permitan vivir.

Ahora en medio del caminoc a raíz de la pérdida de algunos seres queridos. se siente en la obligación moral de recuperar su vocación poética para demostrase a sí mismo que tiene cosas que decir y que no está dispuesto a callarlas .

Pertenece a los grupos poéticos Sarmiento y Juan de Baños y escribe y comenta en varios foros poéticos en Internet.

Premios del Año 2009:

  1. Primer Premio del XXXIII Certamen Poético de Castilla y León ano 2009 que convoca la Unión Artística Vallisoletana con su poemario "Piel de adobe".
  2. Primer Premio del XII Certamen Café Compás de Relatos Cortos año 2009 de Valladolid, con su relato "Ora et labora".
  3. Finalista del XII Certamen de Poesía "Centro Cultural BIas de Otero" de San Sebastián de los Reyes (Madrid) y verá publicado su poemario "Vida y otras ausencias".
  4. Primer Premio del "V Certamen Águila de Poesía" de Aguilar de Campoó (Palencia} que conlleva la publicación de su poemario " Naturaleza Viva".
  5. Accésit del Certamen "Amanecer Literario" de la Casa de Castilla y León en Barcelona, con su poema: " La palabra".
  6. 3° Premio y Botijo de Barro de las XLIII Justas Poéticas de Dueñas (Palencia) con su poemario " Boceto para un poema triste".
  7. 2° Premio del XXII Certamen de Poesía "Medina del Campo y Juana I de Castilla" que convoca el Centro Social Católico de Obreros de Medina del Campo (Valladolid) con su poema "Romance a la Reina Juana".